¿Son demasiado largas las uñas de Rosalía? Algunas reflexiones sobre estética

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Colectivo Mentes Inquietas

Por Colectivo Mentes Inquietas.

¿Qué es el arte? O mejor dicho, ¿qué no lo es? ¿Es arte lo que se crea dentro de la industria cultural de masas? ¿Qué criterios objetivos y universales se pueden establecer para hacer esta distinción (arte/no arte) y que no sea una diferenciación sesgada por un gusto subjetivo e individual? Estas son, queridas lectoras, probablemente las preguntas más acuciantes de nuestra época, y que nos instan a pensar colectivamente herramientas que nos permitan analizar todo tipo de expresiones artísticas.

Antes de adentrarnos en este apasionante debate, resulta importante evitar la, a nuestro juicio, elitista distinción entre alta y baja cultura, que deja a la “baja cultura” fuera de una definición de arte dentro de los grupos más puristas. Según esta diferenciación, los productos de la cultura de masas, como puede ser C. Tangana o Bad Gyal, no podrían compararse con los Beatles o Mozart, y el análisis de una de las películas de Pasolini sería siempre mucho más rico e interesante que el análisis que se podría hacer de fenómenos de masas como la serie Cómo conocí a vuestra madre o el reality show La isla de las tentaciones. No es que pensemos que La isla de las tentaciones es igual de importante en la historia del arte y la cultura que Mozart (¡por Dios!), sino que rechazamos la distinción a priori entre cultura que merece la pena ser examinada (la que ven unos pocos esnobs) y la cultura basura, la del vulgo, que no merece ni ser nombrada. 

Otro de los lugares comunes o clichés que creemos importante desterrar de la reflexión estética (estética = teoría del arte) es aquel que postula que “todo vale”, que no hay criterios para delimitar lo que es arte o no más allá de lo que nos hace sentir a cada uno. Este sentimentalismo contemporáneo es muy difícil de sostener porque… ¿no hay multitud de objetos y acciones que nos hacen sentir emociones y que no son arte? Por ejemplo, una pelea o un parto. Y viceversa. ¿No hay obras de arte (como esculturas de la antigua Grecia) que no revolucionan nuestros sentimientos pero que sabemos que son arte? El arte no depende de lo que te hace sentir; los sentimientos son siempre algo secundario, derivado.

Ilustración: Virginia Brun

¿Cómo analizar, entonces, los fenómenos artísticos como, pongamos por caso, Rosalía? Para Jordi Claramonte, profesor de Estética y Teoría del Arte en la UNED, las categorías que necesitamos para analizar los fenómenos artísticos deben ser “autónomas”, esto es, que no provengan de otros campos (especialmente de la política). ¿Por qué quiere evitar esto? Porque el arte no es reducible a ninguna otra dimensión, no es una pata más de la política. Por ejemplo, durante el siglo xx, y en una parte de la teoría marxista del arte, se pensó (y así se hizo en la URSS) que el arte debería ser hiperrealista para reflejar las injustas estructuras; y ese era el baremo. Si algo era ficticio, se entendía que buscaba la evasión,  y era ideología. ¿Captaríamos lo complejísimo de los movimientos artísticos si (solo) los pensáramos desde categorías políticas? Para nada. Volviendo a Rosalía, el debate sobre si su música es apropiación cultural o no puede ser útil a un politólogo, pero no podremos reducir todo el estudio estético del fenómeno de Rosalía a esa pregunta

Entonces, ¿qué categorías usamos? Claramonte propone las siguientes en su Estética modal. En primer lugar, todo fenómeno artístico puede verse siempre desde el binomio necesario/contingente. Para cantar flamenco, si seguimos con Rosalía, es relativamente contingente el contenido o el número de estrofas, pero es necesario un cierto ritmo que viene dado por las palmas de fondo. Es necesario también un particular alargamiento de vocales que dotan de pasión y sentido al cante del flamenco. Ocurre, y esto se ve muy bien con Rosalía, que a veces elementos contingentes (como decir al principio de la canción: “La Rosalía) pueden ir sedimentando lentamente hasta hacerse necesarios en la práctica artística de la artista. Ocurre también con sus uñas: elementos contingentes en la práctica del flamenco fusión pueden ir convirtiéndose en necesarios para un determinado artista o una determinada práctica. Es ahí cuando decimos que se crea repertorio. El repertorio es el conjunto de prácticas necesarias que delimitan una práctica artística. Si Rosalía es una gran artista, no lo ha sido solo porque ha sabido leer el repertorio del flamenco (lo que es necesario para hacer flamenco), sino que ha conseguido añadir y sedimentar nuevos elementos para formar su propio repertorio: su particular conjunto de prácticas hasta alcanzar un estilo característico.

Respecto a las uñas de Rosalía, son un objeto de estudio bastante interesante. La Zowi dijo, cuenta Ernesto Castro, que “una ratchet es una chica de barrio que, marginada y expulsada del sistema, prefiere hacerse las uñas que ir a votar”. Las uñas representan esos márgenes del sistema, las fronteras de una sociedad que, lejos de integrar, excluye constantemente. Bad Gyal le da otro significado distinto a sus uñas (también en una entrevista con Ernesto Castro). Para ella, las uñas son un símbolo de estatus, de poderío, de que ya no tiene que trabajar con sus manos, de que ha abandonado el proletariado, de que no tiene que vender su fuerza de trabajo. ¿Te das cuenta? Sin querer hemos vuelto a analizar fenómenos artísticos con categorías políticas. ¡Volvamos pues a la estética de Claramonte!

No solo puede entenderse el arte desde el binomio necesario/contingente, sino que también se puede entender desde el par posible/imposible. Consiste en estudiar los fenómenos artísticos desde el juego de lo posible, de las posibilidades. En esto es realmente sobresaliente el arte de Rosalía; y si por algo destacó, era por las posibilidades que abría en el mundo del flamenco urbano. Con su música, todos los temas típicos del flamenco jugaban a actualizarse, exploraban nuevas fronteras, nuevas palabras, nuevos lenguajes. Con sus videoclips se abrían nuevas posibilidades entre la relación imagen-sonido, y todo lo que hacía Rosalía parecía una constante experimentación. Claramonte nos advierte también de que cuando una práctica artística se centra demasiado en el juego y en la exploración, puede caer también en lo imposible. Esto le ha sucedido a Rosalía que, explorando tonos y ritmos de voz (al principio novedosos, agudos y rápidos), ha acabado en algunas canciones por ser difícilmente entendible. Similar estado de imposibilidad tiene ARCO (la Feria Internacional de Arte Contemporáneo más importante de España), que de tanto explorar, de tanto jugar, cae en lo imposible, en lo incomprensible, en lo absurdo.

En fin, así es como Jordi Claramonte esquiva la pregunta fundamental de si algo es o no es arte (una pregunta que quizá no sea tan interesante) para entrar y analizar las expresiones artísticas de nuestra sociedad. No tanto preguntarse si algo es arte, sino cómo se hace ese arte, qué cambios supone, qué innovaciones trae, qué juegos propugna, en dónde se anquilosa, en dónde se hace repetitivo, por dónde cojea. ¿Son arte las uñas de Rosalía? Da igual. Lo fundamental es (re)pensar los cambios e innovaciones que trae a su repertorio artístico, qué estilo crea y cuál abandona. Nunca el qué del arte, sino el cómo del artista.

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