Te vas a morir, y lo sabes

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Colectivo Mentes Inquietas

Por Colectivo Mentes Inquietas.

Hay un fantasma que recorre toda nuestra vida, toda nuestra existencia en el mundo: el miedo a la muerte. Nos acecha cuando estamos en silencio. Es un ente abstracto que nos persigue, incluso, en nuestros sueños, que nos provoca preocupación y nos hace ver nuestra vida con una cierta inquietud. ¿Por qué esto (el sabernos finitos, conocer que nuestra vida se va a terminar) nos angustia tanto? ¿Acaso es deseable la inmortalidad –característica atribuida a los dioses y a los héroes de la Antigüedad– como algo que todo ser humano ansía? ¿Por qué no queremos morir? Es relativamente obvia la respuesta, pero ¿por qué nos preocupamos tanto por no morir si, de hecho, es la única certeza que tenemos? Esta angustia por la muerte que nos atraviesa por algo tan esencialmente humano como es nuestra conciencia de la finitud está presente a lo largo de toda la historia de la literatura y de la filosofía. ¡Y es que es algo que siempre nos ha acompañado!

Ya en el 1800 a. C. encontramos un poema donde Gilgamesh, el héroe en torno al que se articula toda la historia mítica, es “dos tercios de dios”, así que también es en parte humano, es decir, comete equivocaciones, se ve frustrado por no alcanzar los fines que se propone y tiene que aceptar su muerte. “Gilgamesh, ¿hacia dónde corres? La vida que persigues, no la encontrarás. Cuando los dioses crearon a la humanidad, le impusieron la muerte; la vida, la retuvieron en sus manos.”

Tenemos que aceptarnos humanos y eso es aceptar que somos seres-para-la-muerte, en palabras de Heidegger. Es decir, la muerte es una dimensión crucial de nuestra vida, pero la ignoramos continuamente y eso hace que nuestra vida sea inauténtica, decía este filósofo. ¿Qué es una vida inauténtica? Seguro que alguna vez has tenido un mal día y por la cabeza te rondaban multitud de preocupaciones cuando alguien conocido al que te encuentras por la calle te saluda y te pregunta qué tal; entonces, respondes un bien neutral con una sonrisa fingida, y cada uno seguís vuestro camino. Eso es la inautenticidad. En nuestra vida general, para Heidegger, vivimos en la inautenticidad cuando vivimos en los “se”: cuando hacemos lo que se hace, cuando viajamos a donde la gente viaja, cuando hablamos de lo que se habla, etc. La persona, el individuo (¡tu originalidad y diferencia!) se pierde en el rebaño, en la masa, en el hombre corriente .

Ilustración: Virginia Brun

No valoramos nuestra existencia y la vivimos de forma inauténtica hasta que nos damos cuenta (de forma realmente consciente) de que nos vamos a morir. En ese momento (y quizá sea ahora ) somos plenamente conscientes de que caminamos hacia la muerte, de que la vida no es otra cosa que un río hacia el mar del olvido, y de que tenemos el tiempo contado. Un despertar similar al que describe Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre, donde se muestra la inevitabilidad de la muerte y el deber de aceptarla como parte de la vida, o al menos como su final ineludible: “Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la de acordado/ da dolor;/ cómo a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado/ fue mejor.”

Pero ¡qué angustia! ¿No la sientes? El tiempo se nos escapa de las manos y no podemos hacer nada para impedirlo. No te preocupes, este sentimiento es normal, es el primer paso. Si quieres acallar la angustia obviando el tema, entonces volverás al rebaño, a las gentes, a la vida inauténtica. Quédate aquí un poco más, el suficiente como para que ese sentimiento de angustia pueda devenir en actividad creadora, asunción de una vida plena y auténtica.

Entonces, hemos aceptado la muerte. ¿Y ahora? ¿Hacemos como Jorge Manrique y nos sentamos a añorar un pasado que nunca va a volver? ¡Jamás! La consciencia de la muerte nos tiene que agitar, nos tiene que mostrar que todos nuestros proyectos de vida son finitos y que, por tanto, no podemos perder el tiempo en habladurías, en falsos diálogos con sonrisas fingidas, en proyectos de rebaño; sino que nos debe pinzar para lanzarnos a crear una vida que valga la pena de ser vivida. No una vida más, tampoco la más famosa por Instagram, tampoco la que más seguidoras tenga; no. Una vida plena, una vida artística, una vida que se haya intentado crear sabiendo que se acaba y que el tiempo corre.

¿Es esto el famoso tópico literario carpe diem que se cultivó en el Renacimiento pero que floreció en el Romanticismo? Sí y no. Sí porque nos obliga a aprovechar cada segundo, a valorar cada instante, a tener consciencia de la finitud del tiempo. Eso es algo deseable. No porque a veces se confunde con dejarnos llevar por las pasiones, con hacer lo que nos dé la gana, con eludir toda responsabilidad. Crear una vida auténtica es similar a pintar un cuadro.

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