¿Llorar en el cine o no llorar? Esa es la cuestión

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Colectivo Mentes Inquietas

Por Colectivo Mentes Inquietas.

Vuelves la mirada hacia atrás y recuerdas tus años de colegio, o quizá de universidad, y los añoras. Estás especialmente de capa caída por múltiples y sostenidas razones: echas de menos a ese amigo que está de Erasmus o trabajando fuera, en tu casa has discutido con tu padre, y encima tu zona básica sanitaria está confinada porque (¡spoiler!) hay una pandemia mundial, y todo tal y como lo conocíamos está cambiando. Así que, en esta fría tarde invierno, decides ponerte un té caliente mientras escuchas Sum 41 o te pones en la televisión Moulin Rouge porque quieres llorar.

Eres un masoca; te gusta sufrir o acaso te autocomplaces en tu sufrimiento. ¿O cómo explicas, entonces, que tengas ganas de llorar y te pongas la película más triste de la cartelera?¿No ocurre lo mismo cuando te apetece reír y buscas una comedia, o cuando estás cabreado y quieres ver una película de violencia explícita (véase Tarantino) y desahogar tu ira en esos ciento veinte minutos de metraje?

Aristóteles, en el siglo iv a. C., en su obra Poética ya le puso nombre a este suceso que, aún en la actualidad, sigue siendo un fenómeno muy ligado al arte y al consumo que de él hacemos. Nos referimos a ese consumo de contenido cultural para sacar emociones de mucha intensidad que tenemos en nuestro dentro. Esto se llama catarsis.

Sin embargo, ¿de verdad progresamos? ¿No vemos atrocidades impensables para la época en la que nos hallamos? Escribe Benjamin: “No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de este: que la representación de historia de la que procede no se mantiene”. En cuanto uno echa un vistazo al pasado puede observar, afirma Benjamin, que seguimos en la barbarie y se dan las mismas atrocidades (aunque distintas) que se han dado siempre a lo largo de la historia. Con la excusa del progreso vamos dejando olvidados a los muertos: como cada vez vamos a mejor, esos muertos tenían que ocurrir para llegar al grado de desarrollo actual. Entonces, ¿hay o no hay progreso?

Ilustración: Virginia Brun

La catarsis es la purgación de las pasiones interiores a través del arte; por eso vamos al cine a llorar o nos genera placer la violencia de Tarantino. Purga pasiones y deseos interiores que, de otra manera, difícilmente saldrían en nuestro día. ¿Por qué la gente ve la WWE, la lucha libre o el boxeo? ¿Acaso no piensas que se libera una especie de satisfacción cuando sacas de ti esas pasiones que ves reflejadas en el que está al otro lado representándolas? Esto es la catarsis. Es un alivio acompañado de placer (como diría Aristóteles) al ver expulsadas fuera de nosotros esas pasiones que, repetimos, difícilmente saldrían en nuestra vida cotidiana (como la violencia o el terror). Te levantas del asiento y chillas la victoria cuando un luchador de la WWE o un boxeador noquea a su contrincante, o cuando un jugador de fútbol mete un gol que te pone en pie para abrazar a voz en grito a tu amigo con el que celebras el punto de tu equipo. Lo mismo ocurre cuando ves una película de miedo en la noche del 31 de octubre en el cine con las luces apagadas: en el momento del susto, bote en la butaca y grito ensordecedor. Catarsis.

Durante la Edad Media, y bajo el influjo del cristianismo, la catarsis se vio como un rito necesario para la purificación de nuestra alma. Nosotros, los humanos, arrastramos (según el cristianismo) un pecado original que es responsable de todos nuestros males. La catarsis artística permitiría ser capaces de purgar nuestra alma, limpiarla de las manchas que arrastramos como estirpe. Si el hombre es violento por naturaleza, entonces, y para que nos comportemos de una forma moral, será mejor que se libere viendo tragedias violentas que agrediendo a sus conciudadanos.

En nuestra época, el concepto de catarsis es más importante de lo que a primera vista puede parecer, y juega un papel central en nuestra cultura de masas. Con la llegada de la industria cultural (es decir, con la fabricación de productos culturales para vender en el mercado de forma rápida, eficaz y consumista), nuestros productos culturales (ya sean artísticos o no) han ido adquiriendo un carácter cada vez más sentimentaloide como si lo más importante de la película o serie que vamos a ver (o consumir) fuese que nos produzca pasiones. Vamos al cine a emocionarnos, y las grandes productoras lo saben y nos hacen películas para que nos emocionemos. Queremos series que nos enganchen, que nos produzcan nervios y terror. Pareciera que las pasiones y el elemento catártico del arte es hoy casi lo único que importa dentro de nuestro panorama cultural.

 Esto mismo fue lo que ya denunció Bertolt Brecht a comienzos del siglo xx. La parte sentimental o pasional del arte puede generar efectos positivos a nivel individual (purga de pasiones), pero genera un contraefecto a nivel político: impide la crítica. Como os habréis dado cuenta, para purgar nuestras pasiones con un producto cultural nos tenemos que identificar con el personaje, con la película, con el ambiente; tenemos que estar dentro para sufrir lo que la ficción quiere que suframos.

 Para Bertolt Brecht esta identificación entre espectador y obra anula la distancia crítica necesaria para cualquier reflexión o cuestionamiento del contenido. En otras palabras, no estamos pensando; estamos tan cerca que estamos sintiendo. En esta línea, propuso lo que llamó teatro épico: un teatro (que bien ahora pudiera ser cine o serie) que abandonara la identificación emocional y que se propusiera generar un espacio de reflexión gracias al cual el espectador pudiera comprender mejor el mundo al que pertenece (¡y actuar en él para cambiarlo!).

Pero ¿no nos quedaríamos fríos sin este elemento conmovedor del arte? ¿Cómo purgaremos las pasiones que laten en nuestro interior y que necesitan ser sacadas de una forma consciente y civilizada? Aunque las críticas de Brecht son fuertes, ¿es que acaso queda espacio para la reflexión cuando estamos a moco tendido? ¿No somos más vulnerables a prejuicios e ideologías cuando vienen acompañados de sentimientos que nos conmueven? Entonces, ¿qué hacemos? ¿Llorar o no llorar en el cine? Esa es la cuestión.

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