¿Por qué abrir las heridas de los abuelos?

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Colectivo Mentes Inquietas

Por Colectivo Mentes Inquietas.

“En España, los muertos están más vivos que en ningún otro país del mundo”. Esta frase la pronunció Federico García Lorca en una conferencia en 1933. Tres años más tarde y tan solo un mes después del alzamiento militar, en agosto de 1936, Lorca fue asesinado y sus restos, a día de hoy, siguen sin hallarse. Dónde están sus restos (y los de los más de 100 000 españoles enterrados en fosas comunes) es una petición recurrente en nuestro país asociada a la memoria histórica. Pero ¿merece el esfuerzo? ¿Es necesario para una reconciliación nacional o, en cambio, produce una ruptura, abre viejas heridas? ¿Están vivos los muertos en nuestro país y merecen justicia, o hay que dejarlos descansar estén donde estén para pasar página? ¿Cómo se hace justicia con esas personas?

Walter Benjamin (1892-1940) fue un filósofo alemán de la Escuela de Fráncfort (grupo de pensadores alemanes cuyo pensamiento filosófico bebía de las ideas de Marx, Freud y Hegel), a quien se sigue acudiendo a la hora de analizar la historia de forma crítica y que escribió un texto que no ha perdido actualidad: Tesis sobre la filosofía de la historia. En él habla de la necesidad de redimir nuestro pasado, de resolver las injusticias acaecidas, para poder luchar por la utopía. Cualquier persona que quiera o aspire a un mundo mejor, dice Benjamin, debe saber que aunque lleguemos a la utopía lo haremos con la historia manchada de sangre. “Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra”, escribe. Un encuentro con el pasado que no podemos evitar porque somos lo que somos, ya que fueron los que fueron. Las carreteras, los libros, nuestra casa…, todo tiene un pasado que no podemos borrar y que se ha construido sobre la base de muchas injusticias que no debemos ignorar.

Entonces, ¿cómo es que las olvidamos? ¿Cómo está tan extendido este olvido? Benjamin cree que es debido a nuestra concepción temporal, lineal e histórica basada fuertemente en la idea de progreso; esto es, hay una sociedad futura que se imagina de forma utópica como superior o mejor al tiempo actual. Esta visión es la forma atea de la visión cristiana: la historia tiene un comienzo (creación del mundo por parte de Dios) y va avanzando a través de distintos sucesos hasta que el día del Juicio Final la creación culmina. Ahora, en unas sociedades menos religiosas, creemos en el mismo esquema: la historia va de menos a más, y algún día sabremos tanto y habrá tanta tecnología y ciencia que viviremos completamente libres (por eso ahora somos más “avanzados” que hace un siglo). Es decir, para llegar a donde hemos llegado han sido necesarios ciertos acontecimientos de la historia que nos han hecho avanzar hasta el punto en el que nos encontramos, a pesar de que algunos de ellos hayan sido catástrofes sociales.

Sin embargo, ¿de verdad progresamos? ¿No vemos atrocidades impensables para la época en la que nos hallamos? Escribe Benjamin: “No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de este: que la representación de historia de la que procede no se mantiene”. En cuanto uno echa un vistazo al pasado puede observar, afirma Benjamin, que seguimos en la barbarie y se dan las mismas atrocidades (aunque distintas) que se han dado siempre a lo largo de la historia. Con la excusa del progreso vamos dejando olvidados a los muertos: como cada vez vamos a mejor, esos muertos tenían que ocurrir para llegar al grado de desarrollo actual. Entonces, ¿hay o no hay progreso?

Ilustración: Virginia Brun

El conflicto aparece de la mano de la idea de progreso fuertemente vinculado a un avance técnico. La técnica va avanzando y progresando, por lo que somos tecnológicamente mucho más avanzados que hace un siglo. Pero ¿este progreso de la técnica supone un progreso en el resto de ámbitos de nuestra existencia? ¿Nuestro progreso como sociedad solo se ve marcado por un avance tecnológico? Además, ¿puede todo el mundo tener acceso a esta mejora a nivel tecnológico? Y de no ser así, ¿podría ser eso progreso? Y, a nivel humano, ¿hemos evolucionado? E, incluso, ¿cómo podemos llamar progreso a las injusticias cometidas y que se cometen? Este concepto de “progreso” ha servido para justificar muchas barbaries acaecidas en nombre del avance de la sociedad, de la historia.

Se pregunta Benjamin cómo resolver estas injusticias que ya pasaron, cómo redimir un pasado que no se puede cambiar. Y su respuesta es “pasarla historia a contrapelo”. Ser conscientes de que los muertos no mueren una sino dos veces: una cuando mueren y otra cuando se les olvida. Las injusticias quizá no se puedan remediar, pero deben traerse al presente con dignidad y con un reconocimiento digno. Y termina diciendo: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza solo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

Esta expresión de “pasar la historia a contrapelo” también supone un cambio de narrador, a saber, considerar la historia desde la posición del vencido, del oprimido, del que se le ha arrebatado la voz, frente al relato único y cerrado del historicismo del vencedor. Dudar de este relato único que se impone, y revisar los distintos relatos de las diferentes voces que la historia lineal en forma de progreso ha ido dejando por el camino. Benjamin propone revisar el pasado para encontrar infinitas posibilidades. Revisar el tiempo pasado también supone una forma diferente de construir el tiempo presente y de proyectar un nuevo futuro. En fin, revisar el pasado para rescatar unas injusticias que nunca debieron justificarse. Revisar el pasado para que, al luchar con la utopía, no lo hagamos con las manos manchadas de sangre.

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Episodio 1

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