La espera: la eterna historia de la humanidad

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Sus últimas palabras fueron: “Ahora no es el momento, pero quizá dentro de un tiempo, entonces llegará lo que queremos”. Y aquí estás tú, esperando a que llegue dios sabe qué y, peor aún, dios sabe cuándo. ¿Esperar o no esperar? Vamos a verlo.

Colectivo Mentes Inquietas
Por Colectivo Mentes Inquietas

Todos esperamos alguna vez en la vida, e incluso me atrevería a decir que nos pasamos un tiempo considerable de nuestra vida esperando. No en balde, la historia de nuestra civilización es la historia de la espera al Mesías. ¿Por qué esperamos (ya sea a ese chico con pendiente o ese trabajo soñado)? ¿Pasamos más parte de nuestro tiempo esperando que viviendo? ¿Qué significa esperar?

Entendemos esperar como el acto de aguardar otro tiempo que no ha llegado (ya sea el autobús, que me diga que le gusto o que nos toque la lotería). La espera, vista así, es rechazo del presente por otro futuro mejor (al menos para quien espera, porque lo hace, precisamente, porque cree que es mejor). Así la espera podría verse como un vivir con la mirada proyectada al futuro, obviando el tiempo presente (si es que existen estas divisiones temporales de facto).

Etimológicamente, y esto siempre es interesante, esperar viene del latín sperare, que significa ‘tener esperanza’. Y es que esperar es inseparable de tener cierta esperanza de que algo va a pasar. No espera aquella persona que no cree, de una u otra manera, que ese futuro que anhela va a llegar. La esperanza no es algo desdeñable, sino que es una cualidad muy valiosa porque supone un fondo de convicción en los momentos de más flaqueza, y puede ser una tabla que nos ayude a sortear el vendaval, o una fuerza vital que nos empuje a continuar el camino. ¿Te acuerdas de Los chicos del coro? Pepinot todos los sábados esperaba en la puerta del internado a que su padre y su madre fuesen a por él. Ni un solo sábado perdía la esperanza. La realidad es que los padres de Pepinot habían muerto en la guerra y no iban a volver. Entonces aparece la misma pregunta: ¿esperar o no esperar?

Ilustración de Virginia Brun

Sabemos por experiencia que no siempre que esperamos lo hacemos con esperanza, sino que algunas (¿muchas?) veces esperamos con cierta desesperación, con una amarga convicción interior de que esperamos algo que nunca va a llegar o que es imposible (¿por qué esperar entonces?). Sabemos que no va a venir y, aun así, esperamos. ¿Por qué lo hacemos? Esta misma sensación quiso retratar Samuel Beckett en su famoso Esperando a Godot, donde un muchacho venía todos los días a decirles a los protagonistas que “Godot no vendrá finalmente hoy, pero quizá venga mañana”. Los protagonistas habían reducido toda su vida al encuentro con el tal Godot, y en su espera no podían hacer otra cosa que matar el tiempo para que el encuentro fuese lo antes posible. Como es lógico, esto derivaba en un sinfín de diálogos absurdos y juegos sin sentido porque lo importante era que el tiempo pasase rápido hasta que viniera Godot.

Matar el tiempo. Curiosa expresión, ¿no es cierto? Es obvio que no podemos matar el tiempo, pero no es menos obvio que el tiempo se desangra cuando lo malgastamos. Y lo malgastamos porque pensamos que, si lo gastamos rápido, quizá el tiempo se acelere, ¿no es así? Esta es la parte más agria de la espera, y es que toda espera implica un rechazo del presente (en pos del futuro que esperamos). Por eso, toda espera siempre es paralizante, porque nos hace creer que basta con estar sentados haciendo lo que venimos haciendo, que “es cuestión de tiempo” (¡y qué triste matar el único tiempo que tenemos!). Así, cuando esperamos, siempre renunciamos a actuar en el presente, a transformarlo, a hacerlo nuestro; tomamos una posición pasiva ante los acontecimientos de la vida y nos despojamos de la responsabilidad de adueñarnos de las circunstancias y hacernos con ellas. La espera es la renuncia a actuar por la esperanza de que mañana vendrá todo dado, de que mañana vendrá Godot.

La espera es, también, una idealización al pasado; a que vuelvan situaciones, personas, lugares al presente; o bien una idealización del futuro en forma de proyección de cómo será tu vida con esta persona, si te cogen en este trabajo o en ese viaje para el que llevas ahorrando un año entero. Pero la espera no considera la muerte, la finitud de nuestra vida (a no ser que lo que estés esperando sea esto mismo). Cuando esperas a que una persona se ponga sana para poder disfrutar de su compañía, no tienes en cuenta que esa persona puede morirse. O cuando esperas gustarle a tu vecina del quinto, no tienes en cuenta que puedes morirte mañana. Esto es, la espera no considera nuestra finitud, que el tiempo que tenemos no es eterno y se come parte de él. Esta es la verdadera paradoja de la espera: nosotros esperamos, pero el tiempo no espera a nadie. ¿Cómo esperar entonces?

La espera tiene ese carácter de inactividad, de indecisión (¿decides esperar o esperas porque no has decidido nada?), pero también tiene algo adictivo; o, si no es adictivo, al menos algo que hace difícil abandonarla. Cuando estamos en ese umbral de duda donde debatimos si abandonar toda espera (ya sin ningún atisbo de esperanza), de repente sentimos que, si dejamos de esperar, entonces lo que anhelamos nunca llegará (¿y si…?); una sensación que nos susurra que, si ya había pocas posibilidades, si dejamos de esperar, entonces ya no habrá ninguna. Entramos así en una espera dolorosa, en una espera en la que por más que deseemos irnos, no podemos, porque algo en nuestro interior nos susurra (de forma totalmente desesperada) que depende de nosotros que llegue lo que anhelamos, depende (precisamente) de que esperemos.

Entonces, ¿qué? ¿Esperar o no esperar? ¿Debemos pasar a la acción o desarrollar la virtuosa paciencia de que los acontecimientos nos sonrían? ¿Caer en la desesperación o aguardar en la esperanza? Es cierto. Más de mil palabras de reflexión sobre la espera y ni una receta, ni una conclusión clara, ni un dictamen que nos oriente en esta amarga situación. ¿Es que acaso esperabas que te ayudásemos a dictaminar si esperar o no? Nos pasamos la vida esperando incluso que un artículo nos diga si esperar o no. Igual de absurdo que el final de la obra de Beckett:

Vladimir.- Entonces, ¿nos vamos?

Estragón.- Vámonos

(No se mueven. Telón)

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1 comentario en “La espera: la eterna historia de la humanidad”

  1. Que bonito artículo.

    Empecé a bucear con botella; y así como la vida misma, tiene un tiempo finito.

    Tu cuerpo para poder volver a la superficie necesita, una parada de seguridad: sin entrar mucho en detalle es un tiempo a cierta profundidad; y en cierta medida es como esperar al final de la inmersión…

    Al final te acostumbras a hacer paradas activas; llegas a la profundidad de seguridad y sabes que tienes que estar 3 minutos para poder salir a superficie, con la parada activa; en lugar de quedarnos quietos y esperar a que el tiempo se agote; aprovechamos para seguir buceando siempre pendientes del tiempo.

    Creo que al final, es inevitable esperar; pero todo depende de tu actitud frente a la espera.

    Esperas esperando o aprovechas el tiempo mientras esperas..

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