¿Hacia dónde va el movimiento LGTBI?

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Por Fran Lores.

El mes de junio es el mes del Orgullo y de la lucha por los derechos de las personas LGTBI a nivel mundial. La lucha del movimiento LGTBI ha generado algunos de los cambios sociales más relevantes de nuestro tiempo.

Después de la aprobación del matrimonio igualitario en España, se produjo, a nivel general, una tendencia de desmovilización y una falsa sensación de que, una vez alcanzado este tipo de igualdad legal, el movimiento LGTBI no tenía mucho más que reivindicar. Sin embargo, ¿podemos decir que ya está todo conseguido?

Han pasado varios años desde aquel avance legal, y la sociedad española ha vivido cambios sociales, políticos y económicos que también han influido al movimiento LGTBI. En la actualidad, nos encontramos en un contexto en el que fuerzas políticas e ideologías ultraconservadoras y retrógradas, que han puesto a las personas LGTBI en el punto de mira, están ganando terreno. Por todo ello, queremos intentar conocer cuáles son las reivindicaciones de los colectivos y movimientos LGTBI en la actualidad, hacia dónde van, cuáles son sus demandas e identidad política.

Como afirma Begonya Enguix[1], en España podemos encontrar “una convivencia en el activismo LGTBI de dos concepciones distintas de la sexualidad, la identidad, la protesta, la estrategia y las alianzas políticas y empresariales”. Sabemos que la distinción que vamos a plantear a continuación puede resultar demasiado reduccionista, pero creemos que será útil y práctica para acercarnos a esta realidad. Así pues, podemos decir que los movimientos y activismos LGTBI en España se encuentran divididos en dos tipos de corrientes. Por un lado, la corriente que podríamos denominar moderada u oficialista, y por otro, la que identificaremos como radical o crítica.

La denominada como corriente moderada se corresponde con la parte del movimiento LGTBI más institucionalizado, pero también es la más conocida y mayoritaria. Refleja la continuación de aquellos grupos y colectivos que a partir de los años ochenta optaron por un discurso basado en la igualdad en lugar de la diferencia y en un tipo de protesta desexualizada. Desde estas posiciones, se plantean unas demandas políticas centradas en la defensa de los derechos de las personas LGTBI como derechos humanos, de una reivindicación de la igualdad, tanto legal como social, y del respeto a la diversidad afectivo-sexual y de género, y a las diferencias individuales.

Como objetivo político, defiende la normalización y la integración social de las personas LGTBI en una sociedad más abierta, plural, igualitaria e inclusiva. Esta corriente se muestra partidaria de colaborar con las instituciones, partidos políticos e incluso empresas, siempre que estén alineadas con la defensa de los derechos de las personas LGTBI. Para ello, trabajan por alcanzar legislaciones específicas e integrales como mecanismos para conseguir la igualdad real y social en diferentes ámbitos.

Por su parte, la corriente que hemos denominado como crítica o radical se inspira y es heredera de las posturas de los primeros grupos de liberación homosexual y del activismo queer surgido a finales de los ochenta y principios de los noventa. Desde esta corriente, se tiene como objetivo político la transformación de la sociedad y de las estructuras heterocispatriarcales al mismo tiempo que abogan por un completo cuestionamiento del orden social existente. El énfasis de sus reivindicaciones está en la necesidad de transformación social y de crítica a las instituciones y estructuras establecidas. Se mantienen posturas muy críticas con el asimilacionismo y un estilo de vida desexualizado y despolitizado.

Su estrategia política no pasa por la negociación o la consecución de derechos específicos, sino por la lucha por un cambio estructural, social y cultural. Desde estas posturas se opta por una estrategia más radical, reivindicando la diferencia y la disidencia de género y sexual con un discurso interseccional, arraigado y también atravesado por el anticapitalismo, el antifascismo y el antirracismo. Tanto sus demandas como las identidades que defienden tienen más que ver con unos objetivos políticos concretos que con algún tipo de comunidad identitaria estable. Sus demandas políticas tienen como fin último la completa transformación social.

Más allá de esta distinción y de ponerle unos adjetivos concretos a cada una de estas corrientes, lo que podemos observar es que los colectivos o grupos de cada una de las corrientes se mueven en un continuo que va desde la demanda de normalización social del hecho LGTBI hasta la demanda de transformación completa de las estructuras sociales.

En este sentido, es preciso señalar que no creemos que ninguna de las dos posturas analizadas y descritas anteriormente sean posiciones puras o estables, y no deben ser entendidas como bloques unitarios y enfrentados entre sí. Siguiendo a Beatriz Gimeno[2], hay que apuntar que las diferencias entre ambas corrientes “quizá no sean tantas como a veces, desde ambos lados, se intenta argumentar”, aunque sí podemos decir que “pueden mantener importantes diferencias en lo que se refiere a la práctica política cotidiana”.

Por ello, no es nuestra intención aquí señalar cuáles son las demandas más necesarias o cuál es la mejor estrategia para alcanzarlas. Lo que nos gustaría es invitar a una reflexión con la vista puesta en el futuro más cercano: ¿qué posturas o estrategias nos servirán mejor para proteger lo conseguido, resistir los nuevos ataques y seguir avanzando para ser más libres?


[1] Enguix, Begonya (2017). “No desfilamos, nos manifestamos: activismos y manifestaciones LGTB en España”. Boletín Onteaiken,.nº 24, 44-55.

[2] Gimeno, Beatriz (2009). “La institución matrimonial después del matrimonio homosexual”. Íconos. Revista de Ciencias Sociales, nº 35, 19-30.

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