¿Políticos mentirosos para una sociedad justa?

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Colectivo Mentes Inquietas

Por Colectivo Mentes Inquietas.

La crisis social y política que ha abierto el COVID-19 hace emerger una pregunta que nunca se fue: ¿Cómo hacer un país más justo? Sin duda, la construcción de una sociedad es una lucha de fuerzas políticas por determinar la forma ideal (podría decirse utópica) de constituir una comunidad. Para conseguir una respuesta, muchos son los autores que han divagado sobre la idea de cuál sería la sociedad más perfecta para habitar. No solo en el campo de la filosofía, sino también en la literatura y en el cine se ha abordado esta cuestión. Analicemos el debate que se produjo hace unos siglos entre Tomás Moro y Maquiavelo, y esperemos (¡ojalá!) que nos ilumine.

La pregunta que hoy nos trae aquí es tremendamente importante: ¿Cómo llegar a un país mejor? Para alcanzar la utopía o una sociedad justa, ¿cómo lo hacemos? (y más en el marco de la crisis actual donde tenemos el futuro más abierto que nunca). ¿Justifica el fin los medios? Esta discusión se dio en el campo de la filosofía política en el siglo xv. El debate ocurrió entre los utópicos (que hoy podríamos llamar moralistas:“¡No mentiría jamás ni para salvar una vida!”), encabezados por Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam, frente a Maquiavelo, que inauguró una línea política nueva (que seguramente hoy llamaríamos pragmática: “¡Haré lo que haga falta para conseguir un país más justo!”).

Ilustración de Virginia Brun

Es importante entender que la diferencia no es tanto sobre qué tipo de fines conseguir, ya que, en teoría, ambas ideas intentaban conseguir un país mejor (aunque, como siempre, el diablo está en los detalles): menor mortalidad, un pueblo bien alimentado, con acceso a la educación, etc. Su punto de fricción era en la forma de conseguirlo.

Fue Maquiavelo quien inauguró un género nuevo, mientras que la tradición utópica se remontaba hasta Las Leyes de Platón (360 a. C.), donde se propone el ideal de una sociedad justa. En Las Leyes, Platón muestra cómo debe ser la ciudad, y esta meta, esta utopía (por mucho que pueda parecerlo, no es lo imposible; de hecho, lo imposible parece ser el grado supremo de degradación moral y política que tenemos hoy día). En otras palabras, lo difícil es hacerlo tan mal como parece que lo hemos hecho los humanos a lo largo de la historia.

Esta línea, la de la utopía, continuó con las escuelas neoplatónicas y su renovación árabe (con el caso destacado de Al-Farabi), y se prolongó hasta Tomás Moro. Este último publicó su Utopía ampliando un género muy antiguo, con la novedad de la propia palabra utopía (que no había sido pronunciada antes), que era en realidad un juego etimológico. Por un lado, utopía viene de u-topos (‘no-lugar’) y, por otro, de eu-topos (‘verdadero lugar’). Es decir, el lugar ideal que no existe, que no tiene realidad (todavía).

La obra Utopía prolonga esta tradición literaria que se centraba en determinar cómo deberían ser las ciudades, y qué virtudes deberían tener el gobernante y los ciudadanos. Se señalaba un régimen perfecto en su ser y virtud, y tremendamente moral. Y aunque Maquiavelo sueña (quizá) con habitar esta utopía también algún día, tiene serios problemas con la obra de Tomás Moro en lo referente a cómo llegar hasta ahí. Es decir, acusa a la tradición utópica de poco realista, de soñar y no actuar, de pedir y no pasar a la acción. Quizá la mayor diferencia entre estos dos autores (cuyo fin es el mismo, o sea, un país más justo, y en el que tan solo difieren en los medios) es su concepción antropológica, es decir, cómo conciben la naturaleza del ser humano.

Y es que, diría Maquiavelo, ¿no es la gente mala? Si de repente el gobernante es una persona sabia y buena, ¿cuánto tiempo le quedaría en el poder? ¿No se aprovecharían de él? De hecho, seamos honestos, ¿puede subir al poder alguien que nunca haya mentido?: ¿Los ERE en Andalucía? ¿La corrupción del PP? ¿Bárcenas…? Las arenas políticas son movedizas y Maquiavelo lo sabía bien: el utópico nunca se mancharía las manos de sangre, y por eso nunca será capaz de cambiar la realidad. En cambio, él, Maquiavelo, sabe que si queremos llegar a un gobierno justo, necesitamos llegar al poder, y para eso necesitamos de estrategias (a veces de dudable moral, por eso los medios no importan tanto). No basta, entonces, con ser bueno, sino con alcanzar el poder para instaurar el reino de lo bueno, o ¿acaso se pueden cambiar las cosas sin que se te oiga y vea?

Se produce con él un giro desde la ética (el gobernante tiene que ser bueno) hacia la pragmática (el gobernante tiene que ser un estratega que mantenga el poder). En esta nueva situación habrá veces que, si queremos realizar grandes (¡y buenas!) reformas, tengamos que hacer alguna cosilla poco ética (¿mentir?) para mantener el poder ¡y que no nos lo quiten aquellos que quieren instaurar una tiranía! Napoleón apuntó al final de la obra El príncipe de Maquiavelo una frase que ha hecho historia: “El fin justifica los medios”.

En conclusión, ambos autores proponen distintas formas de llegar a la sociedad ideal (¿acaso puede existir tal sociedad?), pero de diferentes maneras o a través de distintos medios. Para Maquiavelo, está justificado un medio moralmente malo para un fin bueno. Para Tomás Moro, el fin bueno vendría a través de un camino moralmente bueno (primero tenemos que ser todos buenos para llegar a la utopía). Esto nos abre el debate y la discusión de si es justificable o no en nuestra vida cotidiana la mentira (medio moralmente dudable), por ejemplo, para que alguien no sufra (fin bueno). ¿Podemos justificar en nuestra vida los medios gracias a los fines? ¿Hay que ser siempre bueno? ¿O hay veces que para hacer el bien tenemos que hacer cosas que son menos buenas (o malas incluso)? Pero, entonces, ¿dónde está el límite?

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