Me cuesta imaginar

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Por Ana Sarmiento.

Aún recuerdo lo que pensaba durante las primeras semanas del estado de alarma. Al principio tenía la sensación, no sé si compartida, de que esto era un esfuerzo puntual que nos pedían y que en nada estaríamos como antes. Ahora, visto con perspectiva, parece absurdo. 

Tan absurdo que hasta me imaginaba en una fiesta multitudinaria de celebración, descorchando champán, ¡hemos superado el virus! Me imaginaba volviendo a mis rutinas de antes, me imaginaba planificando mi viaje de verano…

Y aquí estoy, en la séptima semana de confinamiento con la única certeza de que fiestas, por ahora, las justas y con la incertidumbre de cómo será mi día a día a partir de ahora. Si algo tiene la pandemia es la rapidez con la que me sitúa en una realidad diferente cada día.

Ayer veía muy lejos salir a dar paseos y hoy parece que está a la vuelta de la esquina así que, quién sabe, igual mañana anuncian que el virus está controladísimo y que nuestra principal misión pasa a ser la de reactivar la economía. Que ya no ayudamos estando confinados.

Pues ahora no me viene bien. Justo cuando ya me había acostumbrado a estar en pausa porque, mientras nuestra vida digital fluye, el resto se ha parado. Espero a que pase algo sin saber qué viene después; sin saber qué se espera de nosotros, si es que se espera algo.

¿Qué se supone que tengo que hacer después de esto? ¿Salir y quedar con gente? ¿Dónde? ¿Con cuántos? ¿Puedo ir a ver a mi abuela? ¿Vuelvo a comprar a las tiendas? ¿Viajo en verano? ¿Mantengo el trabajo actual? ¿Me voy reinventando?

Cuando veo a los políticos, no todos, pienso que a lo mejor les pasa lo mismo que a nosotros. Que no saben lo que se espera de ellos. A lo mejor están igual de despistados. Pero algo tiene que estar pasando.  

Si no, no me explico cómo siguen dirigiéndose a nosotros como si vinieran de un planeta diferente. Cómo se hablan entre ellos en los plenos del congreso, en redes sociales… Gobierno mentiroso, soberbio, incompetentes, oposición desleal, buitres, traidores… 

Lo que me preocupa es que ellos tienen asesores que les dicen las cosas que funcionan y las que no, asesores de comunicación que redactan sus discursos… todo es, como lleva siendo siempre, una puesta en escena. Lo que pasa es que, con la que está cayendo, llama más la atención. 

O sea, que si actúan así tiene que ser porque funciona. Al menos con algunos. Me cuesta imaginar que se comporten de esa forma rara en su día a día, se insulten cada vez que se cruzan por los pasillos y hablen con metáforas a los de su entorno.

La gestión de esto no es fácil, no hay oposición ni gobierno preparado para ello. Pero también somos muchos los que agradeceríamos que nos den alguna señal para confiar en ellos, que se comporten como si tuvieran cierto control sobre lo que puede venir ahora y que, si no lo tienen, van a trabajar duro entre todos para tenerlo.  

El otro día vi la película «Contagio». Para que te convaliden la cuarentena, además de hacer ejercicio con Patri Jordan, practicar yoga a primera hora de la mañana, hacer pan y alguna receta de David Muñoz y tomar cañas por zoom, tienes que verla. 

En la película es todo tan parecido a lo que hemos vivido que en un momento en el que una epidemióloga se levanta a pintar en una pizarra blanca, dijimos mi madre y yo, ¡va a dibujar la curva!

No la dibujó. Pero pensé, qué bien, a lo mejor nos enseñan cómo va a ser el mundo post pandemia. Nada. La película no llega a esa parte.

Ánimo, que son solo dos semanas, decíamos al principio. Y cuando dejaba de estar claro el horizonte, ¡venga! Un día menos. Y ahora, que ya se empieza a atisbar el final del confinamiento, no sabemos qué decir porque, ¿un día menos para qué?

Cuesta imaginarse lo que viene. Pero también era incapaz de imaginarme encerrada en casa dos meses. Todo es ponerse. Hay quien dice que el mundo será mejor. Otros dicen que nos hará mejores personas. No sé yo. 

Me cuesta imaginar un mundo mejor con menos besos, menos abrazos, menos viajes, menos encuentros con amigos y familiares, menos cines, menos teatros, menos bares, menos conciertos…  Un mundo diferente seguro ¿pero mejor?

También me cuesta imaginar que esto nos vaya a convertir a todos en mejores personas. ¿Por qué? Habrá que reinventarse, arrimar el hombro, practicar la famosa resiliencia… Algunos tendrán más éxito y otros menos. Pero eso no quiere decir que vayamos a ser mejores.   Este parón, de una forma extraña, te da un empujón para volver a lanzar los dados, para salirte del camino. Lo que asusta e ilusiona a partes iguales. Como cuando elegías carrera universitaria. Solo que esta vez parece más arriesgado porque lo que te imaginas hoy, a lo mejor, ya no es lo que imaginas mañana.

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