Cuarenta días de soledad

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Por Marta Merino.

Cuando Gabriel García Márquez condenó a la familia Buendía a cien años de soledad, no tenía ni idea del gran ejemplo que nos darían. No espero grandes tragedias, no más de las que ya están sucediendo a lo largo y ancho de este planeta.

Pero cierto es que este sentimiento parece llenar muchos hogares. La cuarentena, esa que tan extraña nos parecía hasta que nos ha visitado, se ha convertido en la piedra angular de nuestra rutina. A diferencia de Alejandro Jodorowsky, nuestra sociedad no parece llevar todas sus pertenencias en el alma. Y para qué engañarnos, siempre me he identificado más con Oscar Wilde, que encontraba la fórmula de la felicidad en la libertad, las flores, los libros y la luna. En sí, aunque a primera vista no lo parezca, esta fórmula aún es aplicable a nuestra rutina.

Gozamos de libertad, puede que no de movimiento, pero sí de elección. La elección de aprovechar o malgastar el tiempo, de verlo pasar o pasarlo viendo películas. Podríamos llamarla libertad condicional y, esperemos, también temporal.

Sé que hablo en términos muy relativos y subjetivos. Cada uno relativiza y entiende lo que quiere, faltaría más. Pero no debemos olvidar lo afortunados que somos de poder tener un techo, de podernos comunicar, de seguir respirando y, aunque solo sea para tirar la basura, seguir sintiendo el sol sobre nuestra cabeza. De poder estar en familia o hablar con ella si nos falta, pero también de poder pasar un tiempo real con nosotros mismos.

Fuera, en las calles, hospitales y negocios, la guerra de los Cien Años continúa. Una guerra sanitaria, social y también político-económica, que parece no haber hecho más que empezar. ¡Lástima no contar con Juana de Arco para liderar nuestra batalla y poner fin a estos “100 años” que nos han tocado vivir! ¡Buena sería ella! España e Italia han dejado algo de espacio al “Nuevo Continente”, que ya cuenta con un cuarto de los infectados mundiales (más de 300.000 personas). Y no hablamos de África, como de costumbre, que ni agua tiene para poder lavarse las manos, no. Algunas cosas no han cambiado tanto, pero eso no quiere decir que no lo vayan a hacer.

Desde el Gobierno nos piden paciencia; desde los hospitales también; y a nosotros nos cuesta, nos cuesta cambiar la marcha, nos cuesta no hacer nada. Supongo que estamos más que acostumbrados a no parar, a estar siempre con cinco, si no diez, cosas entre manos. Acostumbrados a correr, a vivir contrarreloj. De repente el tiempo está de nuestra parte, nos sobra, ya no nos falta.

¿Y qué hacemos? Quejarnos. Aquello que, bajo mi punto de vista, bien podría haber declarado Rousseau: “El hombre es quejica por naturaleza”. Puede que no lo hiciera a sabiendas de que el debate habría terminado antes…, quién sabe. Parece que las pantallas no entretienen tanto, y que el arte, las letras y la música vuelven a ser el foco de nuestro entretenimiento y bienestar mental. Parece que los griegos no andaban muy desencaminados al considerarlos los pilares de su sociedad. Puede que hayan venido bien para recordar y reorganizar la importancia que damos a ciertos temas y cosas. No solo hablo de arte, también de investigación, de seguridad y transparencia. Los medios de comunicación no quieren ir a más ruedas de prensa, y los cajeros de los supermercados también quieren aplausos. ¿Cómo no van a quererlos? También se los merecen. Las fuerzas de seguridad se han acercado a la gente, y muchos son los que buscando y sin buscar el reconocimiento han decidido donar su dinero a sanidad. Toda moneda tiene sus dos caras.

Dejando a un lado la vida exterior, y centrándonos en el mundo interior que cada una de las personas posee, ¿por qué nos cuesta tanto ver que de una forma u otra nos encontramos ante un paisaje digno de Epicuro? Digno de ser disfrutado hedonistamente. No hablo de grandes manjares ni lujos, pero sí de los placeres y del disfrute de los mismos. Desde la libertad de horarios hasta la de vestir, pasando por supuesto por la de comunicarte o no y/o trabajar en proyectos personales.

El drama nos acompaña y sigue; vende mucho y parece que al no poderlo consumir como acostumbramos hemos decidido protagonizarlo. Basta ya. ¡Hasta Kylie Jenner aguantó nueve meses encerrada! Tampoco nos piden tanto. Si los Buendía nos vieran se reirían de nosotros; recordad que lo suyo fueron 100 años y lo nuestro no más de 40 días de “soledad”.

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3 comentarios en “Cuarenta días de soledad”

  1. Es cierto que el ser humano es quejica por naturaleza, y si fuera poco, el gobierno nos ha dado la mano y hemos tirado de ella. Y así seguirá siendo un tira y afloja hasta que alguien se canse.

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