Dilemas morales en tiempos de pandemia

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Colectivo Mentes Inquietas

Por Colectivo Mentes Inquietas.

Estar a la altura de los tiempos implica, entre otras cosas, reconocer y enfrentarse a las demandas intelectuales que el contexto histórico nos exige. Con este fin, y ante la desafortunada crisis que estamos pasando, hemos decidido desvelar los dilemas morales que nos rodean hoy día para que, y este es nuestro objetivo, podamos reflexionarlos con la calma necesaria y así conseguir alcanzar un futuro mejor.

¿A quién dejar morir?

No hace falta ética allí donde los recursos son infinitos. La ética, el estudio de lo correcto e incorrecto, de lo que se debe o no se debe hacer, se plantea siempre desde la escasez, desde la pobreza. Cuando no hay para todos, nos preguntamos: ¿Cómo distribuir lo que tenemos? Durante esta pandemia hemos visto cómo en algunos países (p. ej., Italia), y ante la escasez de respiradores y material sanitario, se ha planteado la siguiente pregunta: ¿A quién asistir y a quién dejar morir?

La postura más extendida, tanto en la clase política como en la comunidad científica, es la que aboga por salvar a los más jóvenes.

Ilustrado por Virginia Brun.

Esta postura presupone que la vida (biológica) es un bien en sí mismo y que es un bien cuantificable: será mejor una vida a la que le queden veinte años por delante que una que apenas pueda rebasar el lustro. Los jóvenes deberían ser salvados, pues, porque son los que más oportunidades tienen de vivir.

Pero ¿por qué la vida biológica es un valor en sí misma? Desde un punto de vista crítico con el sistema, podría parecer que las vidas más valiosas son aquellas que más pueden producir, sino ¿por qué salvar a los jóvenes por encima de los mayores cuando estos últimos son los que más conocimiento y sabiduría tienen sobre la vida? Productividad por encima del conocimiento.

Sin embargo, en otros países, como Estados Unidos, sin sanidad pública, la cuestión (¿a quién salvar?) se planteará de otra manera. ¿Salvamos solo a los que tienen recursos para ser salvados? ¿El valor de una vida lo mide la riqueza personal que posees? ¿Cómo salvar a aquellos que no pueden permitírselo?

Desde ciertas posturas filosóficas se argumenta que todas las vidas valen lo mismo, y que no hay criterios objetivos que nos permitan optar por salvar unas en vez de otras. ¿Por qué salvar a un joven en vez de a un abuelo?¿Solo porque va a vivir más años? ¿Por eso merece la vida? ¿Y si el abuelo es un ciudadano ejemplar y el joven un vulgar ladrón? De hecho, ¿los abuelos no son los que más han contribuido con su trabajo a esta sociedad? ¿No se merecen ellos vivir? ¿Tú qué crees? Bajo esta tesis de “todas las vidas valen lo mismo”, con recursos limitados, ¿cuál sería el criterio de prioridad para atender o tener más urgencia a la hora de salvar a alguien?

Como vemos, la ética empapa cada decisión política, incluso a nivel micro que podrían ser este tipo de decisiones individuales en el área sanitario.

¿Debe el Estado coartar nuestra libertad?

Ilustrado por Virginia Brun.

El sábado 14 de marzo el presidente del Gobierno anunció por segunda vez en la historia reciente de España el estado de alarma que se empezaría a aplicar el domingo 15 de marzo. ¿Por qué puede prohibirnos salir de casa? Si el Estado está para garantizar nuestras propiedades y derechos más fundamentales, ¿puede vulnerarlos? ¿Y si en nombre de la salud se recortan las libertades individuales? Al fin y al cabo, ¿no somos responsables de nuestros actos? ¿No deberíamos poder decidir sobre nuestras acciones y acatar las consecuencias de ellas?¿Por qué obligarnos a confinarnos en vez de recomendarnos unas pautas?

Pero, el párrafo anterior, ¿no exagera nuestra importancia? La soberanía no recae en los individuos sino en el pueblo, en la nación. ¿No es normal que prime el interés general antes que los derechos individuales? ¿No es raro justamente lo contrario, a saber, que pensemos que son más importantes las libertades individuales que la justicia colectiva?

¿En qué se convierten nuestras relaciones sociales? El ser vs. el hacer

Hemos digitalizado nuestras relaciones interpersonales de forma “forzada” para sobrevivir a esta pandemia. El confinamiento nos ha obligado a unirnos al carro de las redes sociales y las nuevas tecnologías  (WhatsApp, Zoom, Skype…) si sentíamos la necesidad de desarrollar nuestra dimensión de sociabilidad (ya lo decía Aristóteles como seres sociales que somos), o a disfrutar del aislamiento en soledad. ¿Podemos sobrevivir sin relacionarnos? (Os dejamos como recomendación la película Into the wild).

¿Qué supone esto con respecto a nuestras relaciones sociales? ¿Os imagináis un mundo apocalíptico donde todo contacto social debiese ser a través de una pantalla, sin la presencia o contacto físico, sin afectividad física? ¿Es esto un retroceso en nuestra sociabilidad o una oportunidad?

Ilustrado por Virginia Brun.

Otro de los dilemas a los que nos enfrentamos, no solo en nuestras relaciones de pareja, sino también de amistad y familiares, es que estamos atravesando una crisis con estas personas porque “no tenemos de qué hablar”. Hemos abandonado el hacer porque la realidad misma se ha detenido, el tiempo no corre. ¿Qué dice eso de nosotros? ¿Somos hacer o somos ser? ¿No tenéis la sensación de habernos dejado definir por el hacer en lugar de intentar desvelar ese “ser” (como decía Heidegger)? ¿Eres lo que haces o tenemos un ser interior que ahora se nos desvela?

A pesar de que el presente nos plantea más cuestiones de las que aquí hemos tratado (p. ej., ¿a qué dar más importancia: a la economía del país o a las vidas individuales?), en este artículo hemos querido mostrar la encrucijada moral en la que nos encontramos por la peculiaridad de nuestro presente histórico. ¿Habías pensado durante el confinamiento sobre estas cuestiones? ¿Qué otras preguntas se te ocurren?

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