¿Se puede educar el deseo? O sobre el deseo de lo normativo

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Por Colectivo Mentes Inquietas.

¿Por qué me gustan los mismos, o parecidos, chicos o chicas que a mis amigos? ¿Por qué me gusta un tipo de personas y no otras? ¿Estas personas me gustan por ellas mismas o soy yo el que decidido que me guste gente así? ¿Cómo influyen los cánones en mi deseo? ¿Puedo cambiar el objeto de mi deseo o es siempre un acto irracional al que me entrego? En fin, ¿es libre el deseo?

Hemos pensado durante mucho tiempo que el deseo forma parte de nuestra esencia, de nuestra naturaleza, de nuestra identidad; la idea de que, de alguna forma, yo lo domino. Así, nos pareció durante siglos subordinándolo a nuestra identidad personal: como soy filósofo me gusta leer, como soy de un barrio adinerado deseo un tipo de personas etc.. Esta visión -la del deseo subordinado a nuestro yo- no es del todo falsa, pero nos ha servido de excusa para no preguntarnos sobre nuestro deseo y no plantearnos las preguntas fundamentales: ¿es nuestro deseo libre o está influido por la sociedad?

Estas preguntas nos llevan a separar el continente de lo contenido, es decir, el concepto de deseo (¿qué es el deseo?) de lo deseado, esto es, el objeto o persona al que se dirige nuestro deseo. Es importante que nos demos cuenta de que el deseo es algo muy amplio y que no abarca sólo al deseo sexual (¡ni mucho menos!) sino que es protagonista en otras muchas facetas de nuestra vida. Entendemos entonces el deseo como lo entendió Spinoza, es decir, como el motor de nuestra personalidad, como algo intrínseco a nuestro ser y que condiciona (si no todas) muchas acciones de nuestro día a día. Así, la mayor parte de nuestras acciones se pueden comprender bajo el deseo: cojo el bus porque deseo ir a este sitio, salgo antes de la biblioteca porque deseo que me dé tiempo a comer con calma etc… Además, como el deseo es parte de nuestra identidad, para Spinoza habrá tantos deseos como personas distintas. Esto explica que un mismo objeto, por ejemplo este artículo, esté atravesado por múltiples deseos de personas distintas: nuestro deseo de divulgar la filosofía, el deseo de Generación Go de crear espacios para jóvenes y el tuyo de aprender.

En esta línea, entendiendo el deseo como aquel impulso que nos empuja a llevar a cabo nuestro yo interno, podemos decir que el deseo forma parte de nuestra naturaleza humana, y esto es esencial. El deseo es algo característico de nuestra especie (no vamos a entrar aquí en si otros mamíferos superiores desean también) porque a diferencia de una roca -que está en el mundo de forma pasiva- el ser humano se mueve por el mundo transformándolo a causa de su deseo. Los objetos no nos parecen todos igualmente inertes como nos parecerían si fuéramos rocas sino que, al atravesarlos con nuestro deseo, los objetos cambian, se jerarquizan: unos nos apetecen más que otros, otros nos pasan más desapercibidos porque no forman parte de nuestros deseos, otros nos resultan esenciales para que nuestros deseos se cumplan, y otros aparecen como obstáculos a nuestros deseos. En fin, el mundo de los objetos está irremediablemente atravesado (y ordenado) por nuestro deseo personal.

También están atravesados por nuestro deseo, como parte de nuestro mundo, el resto de seres humanos con los que interaccionamos. De esta manera, una parte de nuestro deseo (y de nuestra esencia) es el deseo sexual y es que también somos seres sexuales en esencia. El sexo nos atraviesa de forma radical e identitaria y nos construye a la vez que lo construímos. Recuerda que no estamos (todavía) hablando de los objetos de deseo, no; no queremos decir que sea natural y parte de nuestra esencia que los chicos deseen, por ejemplo, a las chicas. Ni mucho menos. Estamos hablando del deseo en sí, no de lo que deseamos, y por eso decimos que sí que es natural que una parte de nuestro deseo sea erótico-sexual. Vamos ahora a ver si es natural (o no) que solo haya un tipo de deseo sexual.

Así que volvamos a nuestras preguntas iniciales: ¿por qué me gusta quien me gusta y no otra persona? (¡Ahora sí hablamos de objetos de deseo y personas deseadas!). Esto ya forma parte del contenido del deseo, a saber, del objeto del deseo y la forma en que realizamos o llevamos a cabo el deseo y es aquí donde entran en juego las normatividades -lo que se considera natural o normal a desear porque es la narrativa hegemónica en torno a este ámbito construido en sociedad-. En otras palabras, todos deseamos porque somos seres humanos pero si deseamos lo que deseamos no es solo por nuestra voluntad sino por un conjunto complejo de factores sociales. Foucault, que lo toma de Deleuze, señala de manera muy acertada en su Historia de la sexualidad que a lo largo de la Historia no ha habido represión del deseo sino que siempre hay producción del mismo. Por ejemplo, algunas voces proclaman que nuestra naturaleza sería esencialmente bisexual pero que la tradición occidental la ha reprimido hacia la heterosexualidad. Para Foucault no es que haya tal impulso hacia la bisexualidad en nuestra naturaleza humana  y a lo largo de la Historia se haya reprimido lo homosexual, no; es que la Historia ha producido siempre el deseo heterosexual como el deseo legítimo.

El poder no reprime sino que crea, de ahí que no podamos decir de manera acertada que somos heterosexuales porque hemos sido reprimidos sino que sería más adecuado decir que hemos construido el deseo heterosexual a través de complejos factores sociales. El poder, otra vez, no reprime, sino que crea deseos, los ordena, les da forma, los normaliza y los permite y por eso hablamos de construcciones sociales (como algo activo y que crea). Entonces, ¿puedo elegir quien me gusta? Una primera mirada rápida y superficial parece advertirnos que no. En nuestra experiencia cotidiana, las personas que atraen a mi deseo lo hacen sin que nosotros podamos elegir siquiera que nos atraigan o no. No hay una relación de libertad sino que estamos a lomos de un caballo que cabalga sin que podamos dirigirlo.

Pero, ¿quién lo dirige? Si no somos nosotros… ¿Quién moldea nuestro deseo? Como dijimos un poco más arriba: la sociedad. Por eso cuando conozco gente nueva, las persona que deseo (que me gustan o me atraen) es porque mi deseo ha sido moldeado por distintos factores sociales y discursos y narrativas (ahora fundamentalmente audiovisuales).

A base de naturalizar, ver y aceptar ciertas personas como objetos de deseo en las series y películas, esas constituyen un molde para mi deseo que luego replica en mi vida cotidiana.

Pero afrontemos de una vez la pregunta: ¿puedo domar a mi deseo? ¿Puedo de alguna forma interceder en él? ¿Puedo recuperar las riendas del caballo para yo decidir a qué tipo de personas desear? Dice Hegel que la consciencia de la consciencia ya cambia la consciencia, o en otras palabras, cuando somos conscientes de algo que no éramos conscientes de repente, nuestro mundo cambia y se solucionan unos problemas y aparecen otros. Ser conscientes de que nuestro deseo está moldeado por cánones y narrativas nos cambia y nos plantea nuevas situaciones como la siguiente: ¿cómo expandir o cambiar  mi deseo? Por ejemplo, consumiendo otras narrativas de amor que amplíen mis horizontes o bien no dejando que sea mi deseo el que gobierne mis acciones (por ejemplo, acercándome a charlar con una persona que, a priori, no era objeto de mi deseo).

Ahora bien, ¿por qué domar o cambiar o expandir mi deseo? Como dijimos al principio, deseo y esencia (o sea, personalidad, identidad) están unidos: el deseo hace mi esencia y hay tantos deseos como esencias o personalidades haya. Si admitimos que los deseos están moldeados por la sociedad, entonces ¡así también lo está nuestra identidad! Explorar el deseo, expandirlo y contradecirlo aparece entonces como la rebelión de un yo que se sabe preso de la sociedad pero que quiere hacerse a sí mismo; aparece una voluntad personal frente al poder de lo impersonal y de lo impuesto; aparece, en fin, la libertad de uno para ser quien quiera frente a las normas de lo que uno debería ser o amar o desear.

Un pequeño aporte que desafía -parte de- lo dicho: las personas asexuales. Pareciera que las personas dentro del espectro de la asexualidad no desarían de forma sexual a otras personas y, por tanto, su mundo no estaría atravesado por este deseo. Dos soluciones fáciles ante un problema complejo: o mantenemos que el deseo sexual es parte ineludible de nuestro deseo en el mundo y consideramos a esta orientación como déficit o como falta de algo esencial (una salida políticamente peligrosa y que se basa en considerar lo propio como normal y lo otro como patológico); o bien abre la puerta a que exista posibilidades de vidas plenas con deseo-no-sexuales (planteando que quizá el deseo sexual en sí pueda de-construirse). Si fuera esta última opción, habría que repensar gran parte de lo dicho en este artículo… ¿Te animas?

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