¿Por qué no suicidarnos…, o sí?

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Por Colectivo Mentes Inquietas.

Bueno, lo primero que queremos dejar claro es que no somos médicos, ni somos especialistas, pero nos gusta la filosofía. Como bueno filósofos, reflexionamos sobre temas a veces con demasiada libertad y usando los términos muy alegremente. Con esto queremos decir que esperamos que nadie se sienta ofendido o decepcionado o alguna variante más del siglo XXI. Estamos aquí para pensar, y pensar a raíz de la muerte; o más concretamente, a partir del fenómeno del suicidio.


«No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía».

Empieza escribiendo Camus en El mito de Sísifo.

Esto quiere decir, hay algo que intelectualmente es de una importancia primera, debe ser pensado siempre en primer lugar: por qué vivir o, en otras palabras, por qué no suicidarnos.
A mediados del siglo pasado, y sobre todo después de que la historia nos mostrara las barbaries a las que nos llevaba nuestra razón, la vida pareció perder sentido, y surge lo que se ha llamado “el teatro del absurdo”. Este teatro surgió como una reacción al teatro realista, y su intención era mostrar en el escenario la falta de sentido de la vida, y de esa manera hacer reaccionar al público. El teatro del absurdo expone a veces situaciones completamente triviales, y puede por ello considerarse una especie de hiperrealismo. Se muestra al ser humano exactamente como es. Si representas en un escenario lo que sucede en un cuarto de baño una mañana cualquiera en un hogar cualquiera, entonces el público empieza a reírse por la falta de sentido, porque nos sentimos identificados con esa escena. Es decir, esta risa puede interpretarse como una defensa al verse expuesto en el escenario. El objetivo era mostrar y revelar lo absurdo de lo cotidiano.


Sísifo por Tiziano (1576)

Por eso el libro de Camus se llama El mito de Sísifo. Y es que cuenta la mitología griega cómo, por una serie de circunstancias, los dioses castigan a Sísifo con una vida absurda: subir una piedra enorme por una montaña y, cuando llegue arriba, tirarla, repitiendo la misma acción indefinidamente.

¿No es esta nuestra vida? ¿No es, realmente, nuestra vida así? Nuestra vida también es un castigo de los dioses, que nos condenan a levantar rutinariamente las mismas rocas sin ningún sentido. ¿Qué acciones vitales tienen sentido? ¿No os dais cuenta de que ninguna? Por eso el problema filosófico más importante es el suicidio: por qué vivir cuando la vida no parece tener sentido. Dejemos de engañarnos.
El problema es que el existencialismo francés, sobre todo en su versión camusiana, proponía difíciles salidas prácticas al tema del sentido de la vida. Y como este artículo se titula ¿Por qué no suicidarnos?, vamos a intentar de alguna manera salir de este atolladero.
Así que, como decíamos, ¿por qué no suicidarnos? O, en otras palabras, ¿cómo podemos dar sentido a la vida? Lukács y sus discípulos de la Escuela de Budapest, especialmente Heller, consideran que la vida cotidiana no está condenada inevitablemente a la inautenticidad y a la falta de sentido. Es posible llevar una vida cotidiana con sentido si se es capaz de conectarla con las objetivaciones fundamentales de la vida humana: la ciencia, el arte y la filosofía, así como con la esfera de la vida política. Por ejemplo, un científico o un activismo feminista como el que consiguió el acceso al voto de la mujer. Para estos filósofos, el sentido de la vida consiste en salir del ámbito de la particularidad para llegar a lo universal, tanto en el conocimiento como en la acción.
¿Cuál ha sido otra solución típica dada en la historia de la humanidad para dar sentido a la vida (y, por supuesto, no suicidarse)? La religión, al dividir la realidad en lo sagrado y lo profano. Lo profano, el ámbito de lo cotidiano, tiene un sentido porque es la repetición, el producto de lo sagrado. La donación de sentido desarrollada ya por las religiones primitivas adquiere su auténtico sentido en las religiones más institucionalizadas como el judaísmo, el cristianismo o el islamismo, en las que un Dios personal aparece como garante del sentido de la vida humana, hecha por el Dios a imagen y semejanza suya. El sentido no proviene ya de deidades impersonales, o a lo más antropomorfas, sino de una persona divina que se hace hombre y vive y muere entre nosotros. La vida tiene sentido porque es eterna, y además la redención divina permite postular el pago de la deuda que el pecado nos ha hecho contraer.
Otras respuestas que ha dado la tradición filosófica occidental ha sido de carácter ético. La vida no tiene sentido porque es algo vacío, como un cuadro, pero con el cuadro que es mi vida yo puedo hacer una obra de arte. Esforzarme en hacer una vida excelente ha sido el enfoque de algunos autores. Esta respuesta, llamada por algunos la heroico-aristocrática, es una estilización de la areté griega, bañada de estoicismo y epicureísmo, cuyos modelos principales han sido el hombre del Renacimiento, Goethe, el joven Lukács, Ortega… La clave de esta ética es la construcción por parte del individuo de una personalidad que desarrolla al máximo sus posibilidades físicas, intelectuales y anímicas. Una moral aristocrática de autoexigencia y autocontrol. Es una ética de la excelencia que va más allá del deber y que solo se despliega completamente en el seno de una comunidad de personalidades libres e iguales.
Pero no queremos terminar sin ser polémicos del todo. Habíamos considerado el suicidio como consecuencia de una vida sin sentido, pero… ¿puedo suicidarme en una vida plena de sentido? Otra vez debemos advertirlo, no queremos romantizar el suicidio, tan solo exploramos el suicidio en las distintas conversaciones que la historia del pensamiento occidental ha mantenido entre sí, al menos en el último siglo. Entonces la pregunta es: ¿puede la vida tener sentido y yo suicidarme –al margen de complejas y dolorosas enfermedades, etc., hablamos desde un punto de vista completamente ideal–?



«Ya no se trata, como en el caso del saber, de formas determinadas o, como en el caso del poder, de reglas coactivas: se trata de reglas facultativas que producen la existencia como obra de arte; reglas éticas y estéticas que constituyen modos de existencia o estilos de vida (de los que incluso el suicidio forma parte)».


Gilles Deleuze.

Escribe Gilles Deleuze –quien por cierto se suicidó–: «Ya no se trata, como en el caso del saber, de formas determinadas o, como en el caso del poder, de reglas coactivas: se trata de reglas facultativas que producen la existencia como obra de arte, reglas éticas y estéticas que constituyen modos de existencia o estilos de vida (de los que incluso el suicidio forma parte)». ¿Qué significa esto? Que a veces pueden aparecer momentos en los que el suicidio sea el punto necesario de nuestra vida, bien por coherencia de valores, por ideales o por cualquier otro motivo. El suicidio, entonces, como el último broche que damos como artistas a nuestra vida como cuadro.
¿Recordáis la película Thelma y Louise? Al final de la película, ellas, rodeadas por un enjambre de coches de policía, después de una larga persecución, toman una decisión, en vez de entregarse, prefieren la muerte a la falta de libertad y, pisando el acelerador, saltan con el coche por un precipicio. Una vez que se han rebelado contra la opresión masculina y adquieren conciencia de la libertad, las dos saben las consecuencias que tendrá volver a su anterior mundo y, sobre todo, lo necio que sería regresar después de estar en el otro lado. Es ahí donde el suicidio aparece como el broche final a una vida estética, a una vida vivida como obra de arte.

Thelma y Louise

Por último, como conclusión deberíamos escuchar a Foucault para replantear todo el tema del suicidio. El suicidio no es el acto final de una vida, tenga sentido o no. Somos-seres-para-la-muerte en términos de Heidegger, nos vamos a morir y aunque lo ignoremos porque estamos en las habladurías del día a día (también son estos sus términos), una vida auténtica es aquella que asume su muerte y su finitud. Una vez más, chicos, nos vamos a morir. Vivir no es opuesto a la muerte, sino que vivir es el arte de gestionar la muerte, vivir es preguntarse: ¿cómo quiero morir y quién quiero haber sido?

The End of the F***ing World
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